Ana María Matute me parece una de las grandes autoras de la literatura en español y recientemente he tenido la suerte de comenzar a leer una de sus obras cumbres, que había relegado durante años, hablo de Olvidado rey Gudú. Pues bien, en lo poco que llevo de libro, me ha transmitido ya dos enseñanzas como escritor.

La primera la he llamado los mosquitos. Se trata de una obra de sagas monárquicas medievales, de conspiraciones y fantasía.

Nos va narrando las desventuras de estos lejanos y grandiosos personajes y nos pueden parecer a veces ajenos. Pero la grandeza de Matute la lleva a introducir pequeños detalles que nos acercan a ellos. El primero de ellos que me cautivó fue precisamente la descripción de cómo en conde mataba a un mosquito. En ese instante reparas en que es humano, y que por mucho que viva en un castillo, le pican los mosquitos, como a ti. Esos detalles triviales, mundanos, nos humanizan a los personajes y nos hermanan con ellos.

La segunda enseñanza la he llamado los mapas. En mi edición figura un bonito mapa del reino de Olar. Ha sido la primera lectura (y eso que leí El señor de los anillos) en la que cada cierto tiempo vuelvo al mapa a situar este o aquel lugar, y este detalle está enriqueciendo muchísimo mi lectura. Aunque el libro sea una obra y tenga valor pleno en sí mismo, el mapa me parece quizás el más relevante elemento de apoyo en determinadas novelas. Miento, sí presté atención antes de este a otro mapa en un libro, el de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas de Haruki Murakami.

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