Relato.

Teófilo Norton eran un investigador inglés de madre española y padre londinense que falleció en la guerra de los siete años. Teófilo tenía apenas un año cuando se quedó huérfano de padre. Así, hijo de una solitaria inmigrante viuda, apenas subsistían de la pensión militar, no obstante, la madre le dio una formación excelente, y algo habría de brillante en el chico cuando sacó partido a los pocos recursos que tenía y se convirtió en detective de la Policía de Londres. En la historia que nos interesa, Teófilo tenía cincuenta años y había sufrido una pérdida tan horrible que no hay palabra en nuestro idioma que la describa, había visto morir a su hija cuando tan solo tenía 18 años. Este terrible evento lo hizo sumergirse en el trabajo, alejarse de su esposa, de quien se acabó separando, y refugiarse en el alcohol. Teófilo solo bebía en soledad, en su hogar, pues a los policías les estaba prohibido tomar pintas en el pub. Debían ser un ejemplo. A pesar de su profundo dolor y melancolía, su instinto y capacidad detectivesca se había afinado. Tal vez se debiera a esa pérdida que llevaba un año obsesionado con la búsqueda de un asesino en serie, un tipo despiadado que no solo mataba a sus víctimas, jóvenes agraciadas que caminaban solas por las sórdidas callejuelas, sino que además las amputaba cruelmente. A cada una le arrancaba una parte. De una se llevó las manos, de otra los brazos, de una el torso, de otra los labios y así sucesivamente. El asesino era muy inteligente, se lo tomaba con calma, y no mostraba rabia, furia ni imperfecciones en los cortes. Las mataba asfixiadas antes de amputarlas. Algún testigo había visto a un hombre embozado y con sombrero de copa huir entre la niebla. Teófilo estaba desesperado. Las pistas le decían que tenía que ser un barbero, un carnicero o un cirujano, alguien diestro en el uso de la navaja y la sierra. Alguien paciente. Pues cortar un hueso no es materia sencilla. Las investigaciones criminales no estaban muy avanzadas en aquel instante, pero Teófilo era inteligente y tenía un gran instinto, estableció relaciones, husmeó y fue paciente. Así fue como hizo una lista de sospechosos y también de locales en donde podrían operar. No le iban a dar orden para registrar todos aquellos locales, además, no quería llamar la atención, así que, una noche tras otra, cuando se acababa su turno, se colaba en los lugares que había marcado como posibles lugares del crimen. En ese tiempo, su alma se había ido envenenando. El odio lo consumía. Esperaba dar con el asesino cuando no estuviera de servicio, cuando se colara en uno de esos edificios, de aquella manera podría ajusticiarlo él mismo, vengarse, recrearse, como lo había hecho él con esas pobres jóvenes amputadas. Al fin una noche su intuición le decía que estaba en el momento adecuado en el lugar idóneo. Aquel almacén de harina cumplía todos los requisitos. En el barrio más miserable, en la calle más oscura, en un lugar solitario y sórdido. Forzó la cerradura sin hacer ruido, se había convertido en un experto y mañoso cerrajero. Teófilo se había saltado las normas de su recientemente creado cuerpo de policía. Se había quitado el uniforme para sus investigaciones e incluso había comprado un revólver (tampoco les estaba permitido ir armados). Así que, arma en mano, se adentraba en la penumbra del almacén. Vio al fondo que, tras unas paredes, había una luz tenue, titilante, como de lámpara de aceite de llama mecida por una suave brisa. Se abrió paso por la espesa negrura y halló un cadáver tumbado en una camilla improvisada. El olor de la harina absorbía el de la muerte. Había dado con el asesino, con su refugio, lo cazaría, volvería allí, sin duda. ¿De quién sería este nuevo cadáver. Observó que ya le había amputado los pies. Sin embargo, al estar más cerca, comprendió el horror y sufrió un mareo. Sus rodillas dieron en el suelo. Comprendió que no estaba viendo un cadáver amputado, sino que estaba frente a los pedazos de todos los muertos despiezados y vueltos a unir como si fueran uno solo, un mismo puzle. Pero esto no era lo peor de todo, aquel horror no era lo que había descompuesto su alma, sino que el cadáver que estaba ante sí era el de su hija. Aquella muerta, unida pieza a pieza, había reconfigurado el cuerpo de la persona a la que más había querido nunca: su propia hija. Alguna mente atormentada y enferma había ensamblado partes de otras mujeres hasta recrear a una joven irrepetible. Las diferentes partes habían sido tratadas y embalsamadas para burlar a la natural putrefacción. Tras él escuchó algo. Unos pasos. Se volvió y reconoció a aquel joven barbero que terminaba de limpiar una cuchilla. Era Ian, el muchacho que llevaba meses galanteando y pretendiendo a su hija antes de que la joven falleciera de una terrible enfermedad, sin haber dado respuesta a sus pretensiones. El revólver temblaba en las manos de Teófilo como si sostuviera una resbaladiza culebra. -Aaa.. aa… ¡alto! Gritó. ¿Tenía fuerzas para matarlo? ¿Para torturarlo? Qué paradoja. Había querido torturarlo por matar a jóvenes que le recordaban a su hija sin darse cuenta de que ese otro quizás la había amado más aún que él, hasta el punto de desquiciarse y transformarse en un cruel asesino. El dedo apretó el gatillo, le acertó en una pierna. No tuvo fuerzas para preguntarle, ni para torturarlo. Lo puso en manos de la justicia. Sus superiores se sintieron tan satisfechos de que Teófilo hubiera hallado al asesino que hicieron la vista gorda ante sus irregularidades en la investigación. Ian no habló. No dijo ni una palabra más hasta el día de su muerte en la horca. Tampoco reveló el paradero de las partes amputadas a las difuntas. Nadie más supo qué había pasado con aquellos ojos, labios, manos, pechos, desaparecidos. Nadie excepto Teófilo. Cuando miró al criminal se habían entendido en la mirada. Estaban hermanados en el dolor y la locura. Cada noche, al regresar a casa, Teófilo, sentado en la mecedora, ante ella, tomaba una botella de alcohol y le daba un sorbo tras otro. No bebía más de media. Cuando acababa el ritual, sonreía, se acercaba a ella, le besaba la frente, decía buenas noches, y se marchaba a dormir.

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