Cerdo y seda tienen el mismo origen. La historia de estas palabras la escuché recientemente en la radio, me pareció preciosa, me he informado un poco y creo que bien merece la pena reflexionar sobre ellas. Todas las lenguas son hermosas y debemos prestar más atención de cuando en cuando a nuestras palabras.

Las palabras, con su uso, se ensucian. Cuando no nos gusta la realidad que representan, se nos afean los vocablos que las designan. Así buscamos muchos eufemismos para hecefecar, cagar, giñar, hacer de vientre o plantar un pino, aunque la realidad sea la misma.

Igual le sucede al cerdo, que por ser un animal al que le gusta ensuciarse y de aspecto peculiar, nos cansamos de las palabras que lo nombran. Por ello la palabra cerdo es moderna, porque nos habíamos cansado de llamarle puerco y marrano.

La palabra cerdo deriva de saeta, que viene a significar un crin o un pelo grueso y duro. Es evidente por qué se llamó así al cerdo entonces, por su vello. Y por el mismo motivo, sin embargo, se llamó seda a aquel material que se importaba en forma de hilos gruesos. No tienen estas palabras el origen del sentido de saeta como flecha, sino como crin.

De cualquier manera, lo que me parece particular es que dos símbolos tan contrarios vengan de la misma palabra. Cuando pensamos en la delicadeza pensamos en la seda, y lo usamos como alago, qué cabello tan sedoso. Cuando pensamos en lo grosero y lo sucio pensamos en un cerdo, y hasta lo usamos como insulto, eres un cerdo. Y lo paradójico es que las dos palabras tienen el mismo origen etimológico.

Qué hermosas son las paradojas.

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