El de la escritura es un oficio (o afición quien así lo quiera ver) en donde el ego es un elemento fundamental. Si no hay ego, no hay escritor o escritora, así de claro lo digo. Y así, en un oficio con tantísimos egos, es inevitable que surja la envidia. Cuando otro se lleva un premio o un reconocimiento que creemos merecer más, se hace duro masticar esa envidia. Uno no debe martirizarse por sentir envidia, es inevitable. Incluso cuando leemos un libro de alguien a quien admiramos, podemos envidiar esas ideas, esa capacidad para escribir, esa originalidad. No obstante, sí podemos hacer algo: convertir esa envidia en algo sano y, sobre todo, algo útil. ¿Cómo?

En primer lugar es muy importante tener una buena relación con uno mismo y dialogar con nuestro yo interior. Es necesario que nos digamos que el éxito de los demás no desmerece en absoluto nuestro talento. Ni la fama, ni el prestigio, son garantía de calidad, lo que nos debe ayudar a no desalentarnos. Que haya otros escritores con éxito y calidad no debe desanimarnos, sino al contrario. Podemos tener la esperanza y el positivismo necesario para mejorar cada día y tomar ejemplo de aquellos a quienes estimamos que les va mejor que a nosotros, pensando que si hacemos bien nuestro trabajo podemos recibir la recompensa algún día. Además, tenemos la fortuna de que en ese oficio no importa la edad que se tenga, siempre se está a tiempo para “triunfar”.

Para mí es envidia sana aquella a la que le damos una utilidad. No se trata de copiar, sino de motivarnos. Si mengano ha conseguido lo que yo deseo, significa que también puede estar a mi alcance. Voy a intentar ser mejor que mengano, tener más éxito y llegar a más gente.

Eso sí, nunca deberíamos caer en comportamientos inmaduros tales como criticar, insultar, minusvalorar etc. Por mucho que nos podamos considerar mejores que otros (es casi necesario para escribir) hemos de ser conscientes de que esto es una apreciación subjetiva, de que no todo el mundo tiene los mundos gustos y de que quien triunfa, siempre es por algún motivo, el que sea, no lo desmerezcamos.

No es necesario que nos reconozcamos envidiosos, pero tampoco dejemos que nos carcoma por dentro. Hablemos con nosotros mismos, reconozcamos nuestras carencias y defectos, limémoslas y potenciemos los puntos fuertes para alcanzar nuestras metas. No me gusta compararme, aunque es inevitable. Al hacerlo, mejor pensar, ¿cómo puedo aprender de este que tiene éxito? En lugar de pensar, qué injusto, yo lo merezco más.

Ánimo, paciencia y oficio.

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